Ingreso mínimo: de la ‘Utopía’ de Moro a la sociedad parasitaria del estado

Utopía monstruo

El ingreso aprobará el Gobierno será “permanente”. Aquí es donde empieza el debate por los efectos que acarrea esa medida social.

En un pasaje de la ‘Utopía’ de Tomás Moro se presenta un diálogo entre el arzobispo de Canterbury y un viajero portugués llamado Rafael, en el que hablan de cómo los ingleses castigan a los ladrones con dureza. Y dice el portugués: “Lo que habría que hacer es proporcionarles [a los ladrones] medios de vida. ¿No sería mejor que nadie se viera en la necesidad de robar para no tener que sufrir después por ello la pena capital?”.

Rafael proponía nada menos que un ingreso mínimo vital, una idea que dentro de poco va a ser un hecho en España. Para mitigar la mayor crisis económica de la historia, el Consejo de Ministros aprobará en pocos días la renta básica: proveerá a miles de familias una cantidad que irá desde los 462 euros mensuales para los hogares unipersonales hasta los 1.015 euros de dos adultos con dos menores a cargo.

Esta renta o ingreso mínimo vital ha sido bien visto por el exministro de Economía del PP, Luis de Guindos, por economistas liberales como José Luis Feito, y hasta por el ‘Financial Times’ que, en un reciente editorial, decía que “las políticas hasta hace poco consideradas excéntricas, como una renta básica e impuestos sobre el patrimonio, tendrán que tomarse en cuenta”.

Existe un movimiento mundial llamado BIEN, (Basic Income Earth Network o red mundial por la renta mínima), que reúne toda la actualidad que se está produciendo en el planeta sobre esa ayuda vital. Informan sobre artículos de la London School of Economics, pasando por libros sobre esta renta mínima, leyes aprobadas, o cómo Japón o EEUU están metiendo dinero en la cuenta corriente de los ciudadanos para animarles a consumir y afrontar el impacto del coronavirus en su economía. Esa inyección es comparable a la renta básica que defiende este movimiento, dice BIEN.

Dar a todo el mundo una cantidad vital para que pueda sobrevivir es algo que la gente ha pensado alguna vez, aunque sea en forma de caridad. Desde muy antiguo, las organizaciones caritativas de la Iglesia han sido el único ingreso mínimo vital de los pobres. “Caritas in veritate” es como se llamó la tercera encíclica del papa Benedicto XVI, que trataba de aliviar la pobreza y desigualdad en el mundo tras la crisis de 2008. Milton Friedman proponía la teoría del helicóptero: combatir las crisis inundando de dinero al pueblo para impulsar la economía. Y el papa Francisco es un fan de la renta mínima universal.

En España ya existe desde hace tiempo la Renta Mínima de Inserción. Es una prestación no contributiva que el Estado ofrece a los ciudadanos en riesgo de exclusión, y que se distribuye a través de las Comunidades Autónomas. Va desde los 300 euros al mes de Madrid hasta los 665 euros en el País Vasco. ¿Qué diferencia hay con el ingreso mínimo vital que se va a aprobar ahora? Una muy simple: que la Renta Mínima tiene un periodo máximo de 30 meses (depende de la CCAA), pero el ingreso mínimo vital que piensa aprobar ahora el Gobierno será “permanente”, según dijo el ministro de Seguridad Social José Luis Escrivá, pues “es una necesidad absoluta”. Es un ingreso mínimo que se unirá a otras rentas que ya reciba una familia.

Y aquí es donde empieza el debate por los efectos que acarrea esa medida social.

En Finlandia se hizo un experimento peculiar: escogieron a 2.000 parados jóvenes y les pasaron mensualmente 560 euros que se sumaban a otras rentas estatales. Al cabo de los dos años (en 2018) descubrieron que la inmensa mayoría no había sentido ganas de buscar empleoAllí acabó el experimento Finlandia.

La psicología del comportamiento humano es muy acomodada en cuanto se refiere a incentivos y subsidios. Se han dado muchos casos de jóvenes que denunciaron a sus padres porque les quitaron la paga. Por ejemplo, un juez de Málaga recibió un caso de un joven que había denunciado a sus padres porque, a pesar de que lo mantenían en casa y le pagaban la letra del coche, quería una paga mensual de 400 euros. En Lugo, otra joven denunció a sus padres porque solo le pasaban 600 euros al mes y ella quería 800. Hubo un chico sevillano que denunció a su padre en paro porque le parecían poco 150 euros al mes de paga. Estos casos de jóvenes subsidiados no solo se dan en España sino en todo el mundo: un juez de Manhattan condenó a 30 años de cárcel a Thomas Gilbert por matar a su padre. El hijo (35 años) dijo que lo había asesinado porque a pesar de que le pagaba de su piso de 2.400 dólares mensuales, le había cortado la paga adicional de mil dólares a mes. El hijo se había educado en los mejores colegios del país.

En Holanda, el profesor Ive Marx hizo un estudio del impacto de la renta mínima universal en varios países, de EEUU a Finlandia, y concluyó lo mismo. Es ineficiente porque no incentiva a la gente a buscar empleo.

Por eso, el exministro Guindos y muchos economistas defienden el ingreso mínimo vital como una ayuda extraordinaria en tiempos extraordinarios. Una renta mínima “de emergencia y temporal”. No una renta permanente porque puede crear una verdadera economía sumergida, pues quien reciba la renta mínima preferirá trabajar en negro para una empresa y seguir cobrando su renta mínima vital ya que le reporta más dinero. Es lo que sospecha el economista José Luis Feito, quien en un artículo en ‘Voz Populi’ ponía el ejemplo del PER en Andalucía (el seguro agrario), que no eliminó el desempleo y tampoco aumentó la renta por persona. De hecho, Andalucía siempre ha tenido la mayor tasa de desempleo de España y una baja renta per cápita.

Como filosofía social, el ingreso mínimo vital no solo se propone para socorrer a las familias por el coronavirus sino que intenta afrontar otro estado excepcional, que es el desempleo causado por la rápida irrupción de nuevas tecnologías. Una recepcionista, un taxista o un vendedor de zapatos se pueden quedar sin trabajo a causa de una aplicación informática o por un robot.

Christopher Pissarides, que compartió el Premio Nobel en 2010 por un trabajo en los mercados laborales, argumenta que la rápida propagación de los robots y la Inteligencia Artificial son una amenaza para un gran número de trabajadores poco calificados. Si no intervienen los gobiernos ofreciendo un ingreso mínimo, va a aumentar la desigualdad. Con los mismos argumentos, por lo menos una docena de premios Nobel en Economía han apoyado sin ambages en los últimos años la renta universal básica, desde Robert Solow hasta Esther Duflo. Y ahora con el coronavirus empobreciendo al mundo, ya es un argumento muy serio.

El ingreso o la renta mínima vital del que se habla ahora en España está promovido especialmente por movimientos políticos de izquierdas que lo ven como una vacuna contra “los excesos del neoliberalismo”. Es una forma de compensar a los trabajadores por arrebatarles los medios de producción, como mencionaba el portal marxism.com citando al propio Karl Marx.

Pero tiene cuatro grandes riesgos: el primero es que, a la larga, acabe en una bolsa de fraude plagada de rentistas ociosos, como los hijos que reciben la paga semanal de los padres generosos, o los parados andaluces que vivían de las peonadas falsas. De hecho, para recibir el ingreso mínimo vital no hará falta que el beneficiario mantenga una búsqueda activa de empleo.

El segundo, es que degenere en clientelismo electoral, como ha sucedido en Venezuela, donde los pobres dependen de las bolsas de comida del gobierno, quien pasa lista para ver quién le vota y quién no.

En tercer lugar, un ingreso mínimo vital supone aumentar el gasto del Estado. Eso habrá que pagarlo. Como España no tiene dinero, el Gobierno está pidiendo al resto de la UE un paquete de ayudas ‘gratis’ o subvenciones. Cuesta creer que los llamados “Frugal Four” (los Cuatro Tacaños, por decirlo así), que son Austria, Holanda, Dinamarca y Suecia, apoyen con facilidad el paquete de ayudas para los españoles si se sigue aumentando el gasto público.

Y por último, el cuarto riesgo es que pueden sentirse injustamente tratados quienes trabajan, pagan impuestos y sostienen el sistema social. Unos trabajarán y otros vivirán de las rentas. No es precisamente lo que se mostraba en la ‘Utopía’ de Tomás Moro, pues en aquella sociedad ideal, los hombres y las mujeres trabajaban por igual y todos aportaban a la comunidad, porque “trabajar por el bien público es un deber religioso”, decía Moro.

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