España se enfrenta a una crisis de deuda como la vivida en los años setenta

España quiebra

La subida del SMI va contra la política social, afectará a jóvenes y parados de larga duración.

El Gobierno estaba decidido a aprobar una subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) en el consejo de ministros de esta semana. Pero lo aplazó después de darse cuenta de que la ruptura del diálogo social ponía en riesgo la negociación de otros aspectos esenciales, como son la reforma laboral, la prórroga de los Ertes, que debería decidirse antes de finales de mes, ó el incremento de las cotizaciones sociales para culminar la segunda fase de la reforma de las pensiones. El entendimiento que Sánchez ha logrado con Garamendi puede irse al traste por un puñado de euros.

¿Realmente van a cambiar la historia los 15 euros de subida media que propone la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz? , se preguntan desde los sindicatos y el Gobierno. Es obvio que no. Pero por la misma regla de tres la medida ni incentivará el consumo ni contribuirá a reactivar la economía. En un año en que la electricidad y las materias primas están por las nubes, generan inflación y merman la competitividad de las empresas, el SMI se convierte en la guinda que colma el vaso de las dificultades.

Un reciente estudio comparativo con Alemania arroja conclusiones contundentes. Mientras en España, la subida del 22,3 por ciento del SMI en 2019 se tradujo en una menor creación de empleo o en una destrucción de éste, que el Banco de España cifra entre 90.000 y 170.000 personas, en el país teutón se produjo una mejora de la productividad de los trabajadores para poder sufragar los costes, ¿A qué se deben estas diferencias?

En primer lugar, la subida alemana fue una cuarta parte de la española, del 5,4 por ciento y, por lo tanto, más fácil de absorber. En segundo término, se trata de un país con pleno empleo, mientras que el nuestro encabeza la tasa de paro de Europa.

Si en Alemania el SMI equivale al 45% del salario medio, ¿por qué aquí superará el 60%?

El resultado no se traducirá en la creación de empleo de mayor calidad, como pronostica Díaz, si no en la pérdida de oportunidades, porque las empresas reaccionarán recortando su plantilla o renunciando a incrementarla. El Banco de España muestra, además, que los colectivos más afectados serán los más golpeados por el desempleo: los jóvenes y los mayores de 45 años.

Las posibilidades de creación de empleo entre los jóvenes, con tasas superiores al 40 por ciento, se redujeron el seis por ciento, mientras que entre las personas de entre 45 y 64 años. las posibilidades de perder su trabajo se incrementaron el 11 por ciento, como consecuencia de la anterior subida. Otro colectivo muy afectado, son los temporeros dedicados a labores agrícolas. Puede ocurrir que el producto de la cosecha acabe sin recoger porque no es rentable hacerlo.

Hasta el ministro de Seguridad Social y Migraciones, José Luis Escrivá, que comenzó su carrera profesional en el servicio de estudios del Banco de España, reconoce que la nueva subida del SMI provocará una destrucción de empleo, que calificó de “moderada”, porque en esta ocasión es mucho menor que en 2019.

Pero es que hay más motivos para desaconsejar la medida en estos momentos. El SMI representa ya más del 50 por ciento del salario medio y el compromiso del Gobierno es que alcance el 60 por ciento al final de la legislatura, es decir, en 2023. Un objetivo encomiable desde el punto de vista social, pero muy perjudicial desde el lado empresarial si no va acompañado de una mejora de la productividad de los trabajadores.

En Alemania, donde las oportunidades de mejorar la remuneración son mayores debido al pleno empleo, el SMI representa sólo el 45 por ciento del salario medio. Cinco puntos menos, que la media española y quince menos por debajo del objetivo al que aspiran Sánchez y Díaz.

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Subir el SMI a golpe de decreto ley sólo contribuirá a un ahogamiento de los colectivos más afectados por la crisis, jóvenes y parados de larga duración, que ya están con la soga al cuello. Es el efecto boomerang de las políticas socialistas del Gobierno.

Un acuerdo sobre el SMI debería ir acompañado de medidas para incrementar la productividad de alrededor de 1,5 millones, como en Alemania, para evitar que se conviertan en una pesada mochila, de la que las empresas intenten desprenderse y paguen justos por pecadores.

El plan secreto del BCE

El mundo comienza a deshacer el experimento monetario que nos sacó de la depresión de 2008 y de la crisis del Covid-19: las inyecciones masivas de liquidez para evitar la falta de liquidez. Pero las recetas aplicadas a uno y otro lado del Atlántico difieren. Mientras que la Reserva Federal se muestra remisa a retirar estímulos después de los malos datos de empleo y esperará por los menos hasta finales de año hasta ver cómo evoluciona la economía americana, Europa comienza a dar los primeros pasos para aminorar las compras de bonos.

El optimismo de Christine Lagarde y Luis de Guindos, que revisaron al alza en medio punto el crecimiento europeo para este año y el que viene, a la par que rebajaron el de 2023, contrasta con el de Jerome Powell.

Estados Unidos crece a tasas superiores al 5 por ciento tanto en precios como en PIB. Pero mientras que los pronósticos sobre los precios son estables, Goldman Sachs rebajaron un punto el crecimiento para el segundo semestre y advierte de una súbita desaceleración ya el año que viene, en que su tasa caerá hasta el 1,5 ó 2 por ciento, lo que mantiene en vela a los sabuesos de Powell.

¿Va a mantener el año que viene la economía europea su ritmo de crucero, con un crecimiento próximo al 5 por ciento, si Estados Unidos desacelera? Lo dudo. El optimismo del BCE, probablemente, sea exagerado.

Pero ha decidido poner coto al gigante de la deuda pública y privada europea, que amenaza con escapar al control de los estados. El objetivo es actuar poco a poco para evitar una retirada de estímulos radical que provoque una crisis de endeudamiento, unida a precios altos y crecimientos bajos (estanflación) como ocurrió en los setenta. Como se ve, pese a las apariencias, la economía, no está para tirar cohetes.

El Economista

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