El devastador brote de cólera que revolucionó la ciencia y modernizó las ciudades

Colera en Londres

Un magnífico libro rememora la historia de dos londinenses que lograron descubrir el origen de la enfermedad combinando el trabajo de campo y la investigación científica.

A mediados del siglo XIX, el Londres victoriano era la metrópolis más boyante de Europa y la más poblada del planeta, con 2,4 millones de habitantes. Una posición de vanguardia que lógicamente incurría en incontables efectos nocivos: semejante concentración de personas, un proceso que se había precipitado en un puñado de décadas, había convertido a la capital inglesa en una máquina imparable de producir residuos. Las populares ocupaciones de las clases bajas tenían que ver con trabajos escatológicos: cazadores de las cloacas, limpiadores de excrementos humanos, hurgadores del río… Un collage espeluznante y asqueroso, una vida que transcurría entre la mierda y la muerte.

Era una paradójica situación que Dickens resumió de forma ácida en una frase de su novela Casa desolada, en referencia a un cementerio pestilente y atestado de cadáveres: “Cómo la civilización y la barbarie invadieron esta soberbia isla”. Las aguas del Támesis y de las cloacas envolvían a Londres en un hedor terrible, y la revolución de las bacterias se gestaba en el subterráneo, invisible para los limpiadores de letrinas e incluso para las mentes más brillantes de la época. Todo explotaría a finales del verano de 1854, cuando en el barrio del Soho, en el West End, se desató el brote de cólera más mortífero en la historia de la ciudad.

Esta crisis histórica, cuyo resultado y resolución provocaría profundos cambios no solo en un plano científico, sino también en la organización de las ciudades y el mundo moderno, con la creación de líneas de suministro de aguas higiénicas y sistemas de gestión de residuos y de alcantarillado, la narra con maestría el escritor estadounidense Steven Johnson en El mapa fantasma (Capitán Swing). Un relato que resuena con especial dramatismo ahora que el mundo se ha visto paralizado y golpeado por una nueva pandemia.

Aunque lo escribiese en 2006, el libro está lleno de reflexiones escalofriantes, sobre todo si la lectura viene respaldada por la conmoción que nos ha provocado el presente coronavírico: “Imagínese el horror y el pánico que supondría que un ataque biológico causara la muerte de cuatro mil ciudadanos neoyorquinos hasta entonces sanos en un espacio de veinte días”, lanza el divulgador, imaginándose una situación hecha real por el Covid-19. “Vivir en medio del cólera de 1854 era como vivir en un mundo donde tragedias humanas de esa magnitud sucedían semana tras semana, año tras año”.

El libro de Johnson es magnífico por varios motivos: hace una deslumbrante y detallada semblanza de la ciudad de Londres en la primera mitad del siglo XIX, transportando al lector a las callejuelas aledañas a Golden Square, con viviendas convertidas en establos, y a su curiosa heterogeneidad de negocios, con panaderías separadas por un muro de una fábrica de sombreros o pubs escoltados por un taller de detonadores; narra con un ritmo vibrante el desarrollo de la epidemia y la entrega de un hombre, que sumergido en una suerte de hobby, haciendo sus investigaciones de forma altruista, derribó las principales creencias científicas de la época; y todo vertebrado por un esfuerzo divulgador que explica los efectos y la histórica lucha contra la bacteria Vibrio cholerae.

El surtidor de agua

La historia del brote de cólera en este barrio de Londres que había sido un semillero de creatividad —allí habían crecido Edmund Baker, el poeta Percy Shelley, y se habían hospedado un niño prodigio de apellido Mozart, Richard Wagner o Karl Marx— la protagonizaron dos hombres que respondían a perfiles totalmente diferentes: el reverendo Henry Whitehead y el popular anestesista John Snow, que entre otros méritos había asistido a la reina Victoria la primavera anterior en el parto de su octavo hijo. Su empeño —especialmente el del médico— por descubrir cómo se propagaba la enfermedad terminó triunfando en un contexto marcado por las recetas mágicas y cambiantes que se lanzaban a diario desde los periódicos.

La primera manifestación del cólera se registró el 28 de agosto a las seis de la mañana, cuando la hija pequeña del matrimonio Lewis empezó defecar y vomitar unas heces aguadas de color verdoso que desprendían un olor acre. En poco más de una semana morirían decenas de personas en los alrededores de su vivienda, con escenas espantosas de familias enteras agonizando en sus pobres viviendas. Y el foco de propagación se hallaba en el surtidor de Broad Street, que supuestamente proporcionaba el agua menos contaminada de la zona.

Aunque para llegar a dicha conclusión, la lucha de Snow fue titánica. A pesar de los continuos desplantes de sus colegas de profesión y el rechazo de los miasmáticos —quienes creían que el desarrollo de la enfermedad tenía que ver con los malos olores, como al principio apoyaba el propio Whitehead—, el doctor consideraba que el cólera se transmitía a través de la ingestión del agua contaminada con los deshechos de los contagiados. Para demostrarlo emprendió un “gran experimento” a pie de calle con entrevistas a los vecinos del Soho y el análisis del agua que suministraban las distintas compañías.

En un periodo inferior a dos semanas, cerca de setecientas personas que residían a unos 230 metros de la zona del surtidor de Broad Street habían fallecido —las epidemias anteriores de cólera habían generado balances de víctimas superiores en el conjunto de la ciudad, pero ninguna había matado a tanta gente a una velocidad tan devastadora—. Las autoridades, recelosas de la teoría de Snow, se abrieron a clausurar esta fuente, decisión que enfureció al reverendo. Pero este entraría en razón y se alinearía con los postulados del anestesista cuando se analizó el pozo para dictaminar la calidad del agua y se descubrió que tenía filtraciones de un pozo negro aledaño, a donde iban a parar deposiciones como las de la pequeña niña de los Lewis.

Snow, que moriría por un derrame cerebral en 1858, tenía razón en cuanto a la transmisión hídirica del cólera, y lo demostró gráficamente con un mapa del barrio que reflejaba con barritas negras los fallecimientos registrados en cada vivienda, la mayoría en las inmediaciones del surtidor de Broad Street, de donde bebía esa gente. El impacto visual era tan irrebatible como sus hallazgos sobre el líquido contaminado. El reverendo quedó prendado, e inició sus propias investigaciones para proporcionar las evidencias definitivas. Había pasado de ser la némesis del médico a su aliado.

Whitehead y Snow, escribe Steven Johnson en las conclusiones de su absorbente ensayo, “resolvieron un misterio local que acabó conduciendo a una serie de soluciones globales —soluciones que transformaron la vida metropolitana en una realidad sostenible y que la apartaron del camino de muerte colectiva en que amenazaba con convertirse—”. El mapa fantasma y el brote de cólera de Londres de 1854 es una detectivesca historia en la que la ciencia y el empirismo le ganaron el pulso a la tradición y a los remedios populares. Una crónica de cómo la vida desafió la amenaza de la muerte.

El Español

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